Efímera alegría

domingo, 4 de agosto de 2013

La brisa lo balanceaba de un lado al otro del espacio haciéndolo danzar con alegría en el cielo. En su cuello, anudado como una corbata estaba un cordón de hilo que le mantenía aferrado a él de por vida.
De vez en cuando, el cordón se tensaba, se sacudía y le provocaba un sobresalto y, durante unos instantes, el suave mecer del aire se convertía en un tornado de golpes acompañado de un estruendoso griterío y una profusa carcajada.
Cuando todo volvía a la calma, miraba al cielo y suspiraba. Las nubes también se mecían en el aire y se deslizaban por aquel inmenso azul infinito en completa libertad. La vida no podía serle más amarga.
El globo volvió su vista abajo, hacia el extremo final del cordón, esa terrible cadena que le oprimía y le apresaba y miró a su captor, con las mejillas sonrosadas de la emoción y la vista clavada en él con un extraño brillo en los ojos. Cerró los ojos y se preparó para otra precipitada sacudida. Ya le iba conociendo, le gustaba torturarle para su disfrute.
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