Carpa Maldita. Capítulo 9.

viernes, 27 de mayo de 2016


9. Señorita Mimi, a direccion.
Lester estaba más que preocupado por Mimi. Últimamente pasaba demasiado tiempo en la Carpa o entrenando y  penas tenía tiempo para él. Se cruzaban a la hora de comer pero volvía a estar ensimismada y distante. 

Frank le había dicho, medio en broma y medio en serio, como siempre, que a Mimi le estaba entrando la "fiebre del trapecio", un enfermedad que según él aquejaba a todos aquellos que optaban a hacer una función en la Carpa con la élite del circo y cuya sintomatología consistía en "volverse completamente imbécil" en palabras del forzudo, seguidas de enormes risotadas a mandíbula batiente.

Quizá Frank podía estar bromeando pero era lo que había observado en la chica y aquello ponía triste al chico. Se había enamorado de ella y, aunque ella no se lo había dicho, estaba seguro de que, a su manera, ella le correspondía. 

Lester observó su reflejo peludo mirándole triste desde la cuchara y las dudas que siempre le hacía tener su aspecto volvieron a asaltarle. Levantó la cabeza para observar a Mimi que estaba concentrada en el fondo del plato con la mente perdida en algún lugar ajeno a él. El chico suspiró tristemente aunque la trapecista no se percató.

El ruido del megáfono siendo conectado atrajo la atención de todos, sacándolos de sus pensamientos, cuando una voz masculina y seria llamó.

— Señorita Mimi, preséntese en dirección, por favor.

Mimi se puso de pie como un resorte y más blanca de lo que era, si aquello era posible, y miró alrededor buscando una explicación en las caras de sus compañeros, los cuales le devolvieron expresiones de pena o de sorpresa. 

—¿Qué querrá?— inquirió mirado a Lester, quien se encogió de hombros.

La trapecista se encaminó hacia la caravana que regentaba el director del circo y llamó temblorosa a la puerta.

—¡Pase!

La caravana estaba oscura y era bastante sobria para ser de quien era. Tenía pocos muebles, una mesa de despacho pequeña donde estaba sentado el director con una silla vacía frente a ella, detrás una cortina, donde se deducía que debía estar el dormitorio y como adorno había recortes del periódico de distintos años hablando sobre el circo o sus miembros enmarcados y colgados en las paredes o en los estantes.

—Siéntese, señorita.

Mimi agradeció que le ofreciese sentarse, sentía que las piernas le iban a fallar en cualquier momento. No sabía por qué estaba allí, simplemente pensaba en las miles de cosas que podía haber hecho mal y estaba tratando de averiguar si le iba a caer una bronca o la iban a echar. Cualquiera de las cosas le parecía horrible y sabía que acabaría llorando, porque notaba las ganas de salir de todas las lágrimas que pudieran alojarse en su cuerpo.

El director estaba revisando unos papeles. Aunque no debía tener más de cincuenta y cinco años pero el pelo cano, las arrugas, la barba blanca y, probablemente, la luz de la caravana, le hacían parecer mayor. Su cara denotaba severidad y, por su complexión, en su juventud debió ser bastante atlético.

—He estado observádola detenidamente, señorita Mimi, y he de decir que me ha gustado ver la progresión que ha tenido con su especialidad. Dentro de quince días tenemos una función especial por el aniversario de la fundación del Cirque des Nuages y me gustaría que usted participase como parte de la troupe de trapecistas. Ya he hablado con Mika y está empezando a diseñar un número para ti. Desde hoy sólo ensayarás. La taquilla la llevará Lorna—el director bajo la mirada y siguió ensimismado en sus papeles, Mimi, finalmente, se dio cuenta de que la conversación había terminado.

—¡Gracias, señor, muchas gracias!

El director le hizo un gesto con la mano que indicaba que no había por qué darlas y que se fuese ya. Mimi salió lo más rápido que pudo de la caravana y salió corriendo a la Carpa donde Mika estaba trabajando con su mujer.

—Por tu embobada sonrisa veo que el director ya ha hablado contigo—su tono no denotaba ni la más mínima pizca de alegría o entusiasmo—. Creo que se equivoca, pero como es el que paga, le tengo que obedecer. Mañana empezaremos a preparar tu número, descansa.

Mimi salió corriendo hacia la zona de comedor aunque ya todo el mundo se había ido. Le pregunto a Stanley, el payaso augusto del circo, que le dijo que Lester estaba trabajando limpiando las jaulas. La chica salió dando brincos en su busca.

Lester estaba echando paja en la jaula de los elefantes cuando unas pequeñas pero duras manos le taparon los ojos. Una sonrisa se dibujo en su rostro peludo y se dio la vuelta para saludar a Mimi.

—Veo que no te han despedido.

—No, y encima algo mejor—Mimi chilló un poco y dio saltitos en el sitio—¡Voy a hacer un número en la Carpa Central!

Lester se quedó de piedra mientras la chica le observaba, aunque el chico no respondió.

—¡Con público!¡Del que paga!—añadió ella por si no quedaba claro.

Al ver su cara de expectación Lester se obligó a reaccionar. Le dio un abrazo.

—¡Enhorabuena, Mimi! Has trabajado mucho, te lo mereces.

Mimi le saltó a los brazos y le besó en la boca por sorpresa. Aunque unos segundos después del shock labial, ambos dejaron que sus labios se entrelazaran suavemente.

Cuando el beso terminó ambos se quedaron con los ojos fijos uno en el otro, perdiéndose durante unos segundos en el fondo de sus miradas.

—Pensé que te habías olvidado de mi—comentó Lester casi en un susurro.

—¡Nunca!

Lester miró el montón de paja que tenía que meter en las jaulas y a Mimi. Le sonrió.

—Termino de darles de comer a los elefantes y nos vamos a dar un paseo junto al río. ¿Te parece?

Mimi sonrió asintiendo. El chico trabajó más rápido de lo que podía recordar y en cuanto terminó cogió la mano de la trapecista y se fueron caminando bajo el amable sol de la tarde y la mirada de algunos miembros del circo.

Madame Joie estaba observando y, como siempre, echó las cartas para los jóvenes enamorados. Contempló con horror lo que estas le decían y rápidamente se apresuró a recogerlas, como si alguien más pudiese ver lo que ella en aquellos naipes. Luego, contempló con terror la Carpa y negó con la cabeza. ¿Por qué tenía que pasar aquello una y otra vez? Aquellos chicos le caían bien. Maldijo a la Carpa y al Destino y para enfatizar su enfado escupió al suelo. Después avisó a Lorna de que no iba a atender a más clientes en todo el día, se encerró en su caravana y no salió de ella en todo el día.

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