Carpa Maldita. Capítulo 6.

martes, 4 de agosto de 2015


6. Pies ligeros
—¿Le vio?—preguntó aquel hombre, extrañado.

—¡Claro que le vio! No paraba de chillar y el maldito alambre no paraba quieto—declaró Mika

—Bien. No pienso cambiar nada. Seguid entrenándola en la Carpa e intenta que no se rompa el cuello antes de tiempo.


—Muy bien. Pero conste que pienso que deberíamos contárselo. Casi le da un infarto ayer—protestó el ruso.

—Menos mal que no te pago para pensar. Mantén la boca cerrada y a la chica viva. Fin del tema.

—Bien—aceptó Mika a regañadientes y salió de la caravana del dueño del Circo.

Mika no era muy partidario de guardar secretos ni de engañar a la gente pero había dado su palabra al unirse al Circo y al aceptar el plan. Pero ser arrepentía. Había entrenado a demasiados trapecistas y los había perdido por la causa y, sinceramente, no le parecía bien. 

Entró malhumorado en la caravana que compartía con Anke y se dejó caer en la cama junto a ella, que aún descansaba. Miró el reloj de reojo, las 05:30 de la mañana. En media hora tenían que ir a entrenar a Mimi. Anke le pasó un brazo suave sobre el pecho y se acurrucó bajo su brazo.

—Deduzco que no le ha dado importancia—comentó ella por romper el hielo.

—El muy bastardo sigue adelante, le parece genial y no quiere que le contemos nada. 

—Bueno, habíamos llegado a ese acuerdo.

—La chica no tiene la culpa.

—Mala suerte—dijo Anke. Se sentó en la cama y se abrazó a sus largas piernas, haciéndose algo parecido a un ovillo, solo que de forma muy elegante—. A mi tampoco me parece bien que no lo sepa, pero él es el dueño y le hemos dado nuestra palabra.

—Estamos vendiendo nuestra alma.

—Hace años que no tenemos de eso, cielo—Anke suspiró—. Venga, arriba o llegaremos tarde. No podemos darle mal ejemplo.

Mika se levantó sintiéndose muy pesado, más que de costumbre, abrumado por aquella culpa que le reconcomía. Entró en la carpa, colocó la colchoneta, enganchó el trapecio en forma de aro al elevador y recolocó la cinta. Miró arriba y dio tirones para cerciorarse de que todos los ganchos estaban anclados correctamente. 

El alambre a siete metros del suelo comentó a balancearse suavemente. Mika suspiró y miró cómo aquella figura hacía su aparición, moviéndose con gracilidad sobre el cable y ejecutando sus piruetas. No le hizo falta mirar el reloj, puntual como siempre, a las seis menos diez, apareciendo, moviendo sus pies ligeros sobre el cable y precipitándose al vacío por enésima vez, día tras día, noche tras noche...

Mika apretó la mandíbula y dejó de hacer caso a la figura que se desvaneció del suelo tan pronto como había aparecido. No entendía porqué ayer se había aparecido cuando no le tocaba pero así había ocurrido. Siempre dos veces al día, pero ayer lo había lo había hecho tres. ¿Qué pretendía decir?

—¡Maldito Pies Ligeros!—exclamó en un murmullo.

—¿Me has cambiado el mote?—inquirió Mimi, que acababa de entrar por la puerta.

—¡Más quisieras, Brazos de Pollo! Ya puedes mejorar mucho para que lo cambie a Pies Ligeros. Igual en diez o quince años.

Mika salió de aquella manera del paso. Le hizo un ademán con la cabeza y le señaló la tela por la que debía trepar.

—Como hoy no llegues a los tres metros a pulso me voy a enfadar—le dijo.

Mientras, Anke se situaba en el aro, subiendo con una elegancia y una gracilidad que Mimi envidiaba. El aro se elevó del suelo elegantemente unos cuatro metros y Anke empezó a hacer numerosos ejercicios acrobáticos en él. Mimi la miró embobada.

—¡Más te vale dejar de mirar a mi mujer y empezar a trepar!—la reconvino Mika, más divertido que enfadado—. A este paso no te podré subir a ese aro ni en un millón de años. ¡Arriba!

Y a pesar de que estaba dolorida Mimi consiguió subir hasta los tres metros unas tres veces, pero no tuvo éxito en las siguientes cuarenta y dos veces, cada vez más cansada y dolorida.

Aquel día no hubo más incidentes ni apariciones. No hubo sorpresas y el día transcurrió con normalidad. Al contrario que el día anterior, por la tarde tuvo un segundo entrenamiento corto que dirigió Anke y que consistía en postura, posición de los brazos, de las piernas, nociones de ballet, flexibilidad...

A Mimi le parecía precioso ser elegante pero al llegar a su cama por la noche se desplomó sobre las sábanas y se quedó dormida al instante. En sus sueños, volaba por la Carpa entre atronadores ruidos de aplausos.

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