Carpa Maldita. Capítulo 5.

lunes, 3 de agosto de 2015


5. Pasen y...mueran
—...Todo se queda en la Carpa.—indicaba Mika.—Segunda Norma: No caerse del trapecio, Tercera: Si te caes te levantas...
Mimi sintió el impulso de corregir al hombre por aquella contradicción pero prefirió estar callada mientras escuchaba las normas que tenían aquellos rusos sobre lo que ellos consideraban SU carpa. Mientras Mika enumeraba las múltiples cosas que debía tener presente Anke la examinaba como si fuese un extraño y mal formado ser exótico nunca visto. Un par de veces le dio golpecitos en las caderas, las rodillas y los hombros. Mimi no sabía como sentirse al respecto.


—...Nada de llorar, si lloras te largas. Puntualidad, es importante. Nada de bollos, hay que mantener un peso, somos atletas. Y por último, entrenar, entrenar y entrenar. Es todo lo que debes hacer, todo el tiempo, a todas horas, estés o no en el trapecio o en la carpa. Todo es un espacio para entrenar—Mika hizo una pausa, pensativo—. Creo que eso es todo. ¿Está claro?

Mimi asintió asustada. No se le había escapado nada, o eso creía. Mika la escrutó de arriba abajo y luego intercambió una mirada con Anke.

—Está blanda pero tiene buen porte. Los hombros parecen firmes y tiene piernas largas. Le va a costar.—dijo Anke como si Mimi no estuviese presente.

—La Carpa es para el que se la trabaja—dijo Mika, se giró hacia Mimi—, eso también anótatelo en la cabeza, que te entrenemos no quiere decir que vayas a ser trapecista.

Mimi estaba perpleja. ¿Para qué la iban a entrenar si no?

—No nos mires con cara de tonta. No eres la primera que entrenamos. Ni serás la última.—dijo Anke—Sobre todo con esos brazos.—y para enfatizar le dio unos golpecitos en la parte del antebrazo que le quedaba más fofa.

—Pues eso —dijo Mika—, a hacer brazo. Sube y baja por la tela a pulso, treinta veces.

Mimi miró la tela que llegaba casi a lo alto de la carpa. ¿Cómo pretendía que subiera hasta allí arriba a pulso tantas veces? Debía haber al menos 9 metros. Mika arrastró una gran colchoneta debajo.

—Vamos, Brazos de Pollo, no tenemos todo el día.

Mimi agarró la tela y comenzó a subir, llevaba un metro escalado y ya le dolían los brazos. Veía muy alejado el fin de la cinta y demasiado cerca la colchoneta. ¿Cómo iba a conseguir subir tantas veces si no veía posible llegar a la mitad? Hizo un esfuerzo, casi medio metro más...de pronto le resvaló una mano sudada y cayó como un fardo sobre la colchoneta.

—¡Otra vez, Pollito!—ordenó Mika—Esa no cuenta, así que aún te faltan 30 veces.

Anke estaba estirando las piernas y los brazos en una suerte de caballete que había en un lateral observando en silencio. Mimi ascendió nuevamente por la cuerda, metro y medio largo y de nuevo cayó con un sonoro ¡Bluff!

—¡Arriba, no nos hagas perder el tiempo!—chilló Mika, serio. Parecía molesto.

Mimi lo intentó unas cuarenta veces, todas con idéntico resultado y cada vez escalando menos centímetros. Le entraron ganas de llorar. Le dolían los brazos y la espalda de tantos costalazos. Mika apareció inclinado sobre su cara con gesto divertido.

—¡Ha estado bien para ser tu primer día, Brazos de Pollo! Descansa y ven mañana a la misma hora. 

—¿No irá a llorar, verdad?—preguntó Anke, hastiada.

—No, ya sabe que si llora se larga. Recoge la colchoneta y ya puedes irte a comer. Pero no bollos.—le dijo a Mimi, acto seguido ambos se fueron de la Carpa charlando en ruso.

Los brazos le dolían y la colchoneta pesaba un mundo. Le costó mucho colocarla de nuevo en su sitio. Ya estaba a punto de salir de la carpa cuando se fijó en que arriba, en lo alto, caminando sobre el cable había un chico que hacía esfuerzos por no caerse.

Mimi se quedó hipnotizada mirando al chico caminar. Primero por la elegancia y la dificultad de lo que estaba haciendo y luego porque no sabía que había más trapecistas en el circo.

El chico estaba haciendo aquel ejercicio sin red. A ella le pareció raro pero seguramente tenía mucha práctica. Miró entusiasmada como se quedaba quieto en la mitad del cable y daba un par de saltitos, luego se giraba y caminaba hacia el punto de partida, parando de nuevo y ejecutando una pirueta.

Y entonces ocurrió.

Algo fue mal, el chico apoyó mal la pierna o no se supo equilibrar y se cayó desde el cable. Mimi pegó un grito y se quedó pegada al suelo con una tensión que le ardía por las venas. Se le agarrotaron los músculos y cerró los ojos cuando el chico impactó con el suelo.

Se oía un ruido, Mimi no se atrevía a abrir los ojos, cuando alguien la zarandeó.

—Mimi, deja de gritar—Mika la zarandeaba suavemente pese a lo corpulento que era.

—¿Por qué chillas?—Anke estaba molesta por aquel escándalo

—Está muerto—balbucéo entre lágrimas y sollozos.

—¿Quién está muerto?—Mika y Anke miraron a su alrededor.

—El chico del cable. Se cayó.

Mika y Anke intercambiaron una mirada y unas palabras en ruso. Anke se levantó y miró a todas partes. En lo alto el cable se balanceaba suavemente. Señaló arriba para que Mika lo viese.

—Está bien, Mimi, ya ha pasado. Todo está bien—le dijó el ruso—. No tienes que preocuparte.

—¿Está bien? ¡Dios mío, cayó desde tan alto!

—Sí, bueno, en cuanto a eso...aquí no hay nadie. Nadie se ha caído, Mimi—el ruso le mostró el suelo, donde, efectivamente, no había nadie.

—Yo lo vi caer...Lo vi caer.

—Lo que has visto se queda en la Carpa, Mimi. No digas nada de esto a nadie. Son cosas de la Carpa. Y no hablamos de lo que pasa en ella.

—Pero...

—Las normas son las normas, Brazos de Pollo. Sécate las lágrimas, por esta vez te perdono que llores pero nunca más. Ve a comer.

Mimi se levantó y salió secándose los ojos. Se recompuso como pudo y se fue a comer con los demás. Estuvo bastante callada por lo que todos la miraban extrañados.

—Doña Señorita Importante ya está en el club de los elitistas—chilló Frank—, ya no nos habla y dentro de poco no comerá con nosotros.

—Sólo estoy cansada, Frank. Me duele todo y tengo sueño.

—Pues parece que hubieses visto un fantasma.—le dijo Lorna.

Mimi agachó la cabeza y siguió comiendo en silencio. Los demás intercambiaron una mirada cómplice y siguieron con sus bromas habituales.

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