Carpa Maldita. Capítulo 1

miércoles, 10 de junio de 2015


1. Mimi
Las fuertes risotadas de Frank se oían por todo el campamento. El musculoso forzudo estaba por la labor de que todos se enteraran de los nulos progresos de Mimi con el trapecio.

—No tiene maldita gracia—le regañó la chica sacudiéndose el polvo de la ropa y comprobando si se había hecho alguna herida—. Me he hecho daño de verdad.
—Quizás deberías dejarle el trapecio a los mayores—observó Frank y volvió a reír a carcajadas—. Ha sido verdaderamente gracioso.—añadió secándose unas pequeñas lágrimas que se le saltaban de los ojos.

Mimi no sabía si enfadarse más, si quejarse o qué demonios hacer. Observó el pequeño trapecio con el que estaba ensayando, suspendido a un metro del suelo. Podía haber sido peor, se podía haber caído de cabeza y matarse. O podía haber sido en la Carpa y no contarlo.

—Insisto en que pongas red, niña—dijo el forzudo—, es más seguro para todos.

Frank debía ser de algún lugar del este, hablaba remarcando las "erres" y a veces no sabías si decía "a" u "o" y se reía cuando alguien la pifiaba, siempre, con todo el mundo. Era una de las cosas más irritantes que tenía el enorme hombre. Se alejó dejando que el sol reflejase sobre su liso cráneo.

Mimi estaba molesta. No hacía nada a derechas. A parte de ser la enésima vez que se caía del trapecio tampoco es que tuviese más fortuna en otros aspectos del circo. Los malabares no eran lo suyo, la última vez que había intentado doma le habían mordido tres perros y como payasa era de lo más negada. A este paso no iba a tocar ni una matiné con los niños.

Quizá no estaba hecha para trapecista pero tampoco veía que podía estar en otra sección. Últimamente estaba en la taquilla porque contar y dar vueltas era lo único que parecía no salirle mal.

—Mimi, cielo—llamó Madame Joie—, esta tarde tengo que acercarme al pueblo a por unas cositas. ¿Podrás sustituirme un ratito? Es muy fácil.
—No creo que sepa hacerlo. Yo no soy vidente.—se quejó Mimi, a fin de cuentas, Madamme Joie era la pitonisa del circo.

Le encantadora y menuda señora empezó a reír. 

—Querida, yo tampoco soy vidente, sólo tienes que sentarte, fingir que estás en contacto con los espíritus y decir que ves a un hombre, o a una mujer, que está allí y que tiene un mensaje. Sólo tienes que decir cosas como "Veo un nombre con a, o, r, s, n, m..." todo el mundo tiene alguna de esas letras en el nombre y seguro que algún familiar muerto con ellas, así que ellos te dicen el nombre, tu les dices que si, que es esa persona que tiene un mensaje y ya está...sólo hay que echarle un poco de morro, encanto. Si me los has visto hacer muchas veces. Y yo no tardaré mucho, además hoy es un día flojo, suele venir poca gente. Por favor.—suplicó la señora, mostrando una de sus mejores sonrisas con media dentición.

Mimi se había quedado con la boca abierta. ¿Cómo que todo era fingido? Ella lo había visto varias veces pero parecía tan real. Y, por otra parte, la pitonisa era una de las que había insistido en que la acogieran en el circo. Le debía un favor enorme por lo que tampoco podía negarse.

—Bueno, está bien, pero yo no parezco muy adivina.—le hizo un gesto a Madame Joie para que viese que ella era menuda, blanquita, de pelo castaño rizado, con más pinta de niña francesa que toma café a la orilla del Sena que de gitana que habla con el más allá.
—No te preocupes, he hablado con Lorna, te ayudará a vestirte, ya le he dado instrucciones. Todo irá bien cielo. Gracias.

Mimi se preguntó por un segundo cómo era posible que aquella anciana la enredase en una función como aquella.

Suspiró. Aún faltaban unas horas para tener que devolver favores así que suspiró, miró el trapecio y se agarró a él para tratar de hacer un giro y quedarse subida en él, tratando de hacer equilibrio.

—Te caes, niña.—gritó la potente voz de Frank desde la zona común en la que almorzaban.

Mimi sintió como una mano le fallaba, el cuerpo no encontró el punto de equilibrio y se precipitó hacia adelante, haciendo una voltereta, intentó asirse a la barra pero golpeó con los pies en el suelo y cayó. Un costalazo y las enormes risotadas de Frank como compensación. Notaba como le crecía el mal humor.

—Quizás deberías intentar hacer el trabajo de Lola. Es más fácil.—chilló Frank mientras se partía de la risa.

Maldito Frank. Malditas risotadas. Ojalá se atragantase con el café. Miró desde el suelo el trapecio suspendido sobre ella, balanceándose suavemente. Notó un olor animal y sintió una cabeza suave contra su cara. Mimi observó que una cabra se había acercado a ella y buscaba algo que comer desesperadamente.

—¡Lárgate, Lola!—le dijo al animal mientras le daba un suave empujón—Maldita cabra.

Mimi se sumió en sus pensamientos mirando el trapecio de prácticas y pensando por qué la estúpida cabra sabía mantener el equilibro en la escalera y ella no. No iba a dejarse vencer. Se levantó y trató de subir de nuevo al trapecio.

Desde la otra punta del campamento, sentado en su roulotte, alguien no dejaba de ver sus progresos. 

—¿Crées que lo conseguirá?—inquirió una voz femenina.
—Es posible, si no desespera. Quizá no haya sido mala idea dejarla con nosotros después de todo. Hará brillar la carpa.
—O la manchará de sangre.
—No menciones eso otra vez. 
—De acuerdo, susceptible. Perdóneme usted. Aunque los trapecistas en este circo tienen tendencia al abandono y eso lo sabe todo el mundo.
—Lárgate de aquí.
—Bueno, malhumorado, te veré después.—ella salió de la roulotte, miró a Mimi en la distancia, otro intento, otra caída. Aquella chica no tenía ni la menor idea de en qué lío se estaba metiendo.

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